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Con un pan debajo del brazoMacroeconomía novelada

Sin justicia la división internacional está servida y la paz comprometida.

Extracto adaptado de “Con un pan debajo del brazo”  – Macroeconomía novelada (A la venta en este blog)

Ya hablamos de la prudencia y de su importancia… Pero además existe otra disposición que es completamente esencial para la integridad internacional por muy manoseada que esté o por poco original que resulte; se trata de la justicia. Atañe no sólo al interior de cada país, sino a países entre sí, y a estos con la autoridad mundial y viceversa. Se refieren a esta cuestión preguntas importantes como: ¿Tiene derecho la Unión Europea a exigir a los países que la integran el seguimiento de determinadas políticas económicas? ¿Es conveniente que Grecia de la espalda a esos requerimientos? ¿Es procedente que, en determinados casos, países como Italia, España o Portugal puedan exigir al BCE políticas monetarias adaptadas a sus respectivas situaciones? En esta publicación intentaremos fijar el punto de enfoque adecuado para responder a estas preguntas y otras similares.

Desde los inicios de la Unión Europea no ha habido nunca un periodo tan largo de paz para los países que la componen. La existencia de una autoridad mundial será un bien a construir. Pero no tendrá porque coincidir con un país dominante como ocurre actualmente. En cualquier caso, requerirá un esfuerzo de cada país por mantener el reconocimiento de la autoridad, y el renunciar a la autoafirmación a espaldas del resto del mundo.

A día de hoy Alemania tiene una relevancia en la Unión Europea superior a la de otros muchos países. Sin embargo, las decisiones no siempre se han tomado según su voluntad. Con ocasión de la crisis del euro se negó a una ayuda colectiva para el rescate de Grecia. Llegó a proponer excluir de la zona euro a los países que no respetaran las reglas y pusieran en peligro la viabilidad de la moneda. Pero la Comunidad Europea, con especial influencia de Francia, pero también de otros países, estaba en contra de la expulsión de Grecia y a favor de la ayuda. Finalmente Angela Merkel cedió y fue posible el primer rescate sin ruptura de la eurozona. Es verdad que en las sucesivas ayudas las posiciones se acercarán más a la mantenida por Alemania, pero en un principio no fue así y en estas circunstancias se realizó el primer desembolso.

Existen pocas herramientas más relevantes para la economía de un país que la política monetaria y fiscal. Los países de la zona euro, entre ellos Grecia, hace años que cedieron el control de la moneda al Banco Central Europeo. Con ocasión del rescate a Grecia se impusieron como condiciones la consecución de unos objetivos de consolidación del déficit presupuestario muy exigentes que implicaban de facto una delegación de su política fiscal. Grecia redujo su déficit público desde el 13,6% en 2009 al 2,4% en 2013, pero tuvo que pagar un alto precio. Su PIB cayó un 22% en el mismo periodo, quebraron más de cien mil empresas y el paro subió desde el 8% al 26%. En este proceso la intervención de los votantes alemanes, a través de la influencia que ejercían en Angela Merkel, fue quizás más relevante que la propia voluntad de los griegos. En esto se vislumbra la necesidad de la unidad política para el futuro de Europa (ver Soy español, pero…). Más a corto plazo, es lógico que países como Grecia, Irlanda, Portugal, España o Italia quieran continuar participando en la toma de decisiones que afectarán directamente a sus economías. Este aspecto se refiere directamente a la justicia y el futuro de la integridad de la Unión Europea tal cual hoy se conoce puede depender de él.

Las autoridades supranacionales deben custodiar el bien común por encima de los intereses de los poderosos, con el claro objetivo de velar por la integridad internacional. Será necesario evitar situaciones peligrosas de división del mundo en bandos como las anteriores a la Primera y Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría. En un mundo multipolar (ver Da miedo un futuro…) será más preciso reconocer las justas pretensiones de cada nación. Se deberá evitar la división del mundo en bloques del estilo de la Europa de dos velocidades, pero también la de países desarrollados frente subdesarrollados, oriente y occidente, norte y sur, ascendencia europea en oposición a otras culturas, de carácter religioso.

En la complejidad del panorama internacional, será mayor la tentación de romper la baraja y dar la espalda a una situación que no es posible controlar de forma individual por cada país. Será necesario evitar el aislacionismo al estilo del que practicaron Estados Unidos o Inglaterra tras las Segunda Guerra Mundial y que tuvo tan malas consecuencias.

La consecución de un orden justo a escala internacional requerirá también el reconocimiento de los vínculos que unen a los diferentes países y la solidaridad entre ellos. Alemania fue más diligente entre los años 2000 y 2008 en la contención de sus salarios que sólo crecieron un 19%. De esta forma pudo sostener una balanza comercial saneada y acabar contribuyendo a ayudar a otros países. Sin embargo, los salarios de Grecia aumentaron un 50% en el mismo periodo incurriendo en déficit comercial, al tiempo que subían las pensiones y se deterioraban sus cuentas públicas. A pesar de las razonables reticencias de los alemanes, es paradójico que esta situación resulte sorprendente. Sin embargo, es comúnmente aceptado que exista un comedor social financiado con fondos del Estado sin importar si quiera si los usuarios son o no culpables de su indigencia. O también, la realidad de unos sistemas impositivos progresivos que provoca que los individuos más ricos subsidien a los menos favorecidos. Las exportaciones de Alemania suponen un 40% de su PIB y situaciones similares pueden decirse de China, Japón y de tantos otros países. Es cuestión de que los hombres y mujeres de todos los países piensen, vivan y actúen de cara a esta realidad.

La justicia debería vincular no solamente a países entre sí, sino a estos con la comunidad internacional. El individualismo y la negación de responsabilidades deben ser rechazados. A Grecia le correspondía asumir las consecuencias de la imprudencia de sus decisiones en lo que se refiere a la laxitud en los incrementos salariales, deterioro de su déficit comercial, aumento desmesurado de las pensiones y quebranto de su cuentas públicas. El reconocimiento de las propias responsabilidades, impensable en la anarquía internacional anterior a la Primera Guerra Mundial, será necesario llevarlo a la realidad en el futuro, no sólo en Europa sino en el mundo. A Alemania le faltó responsabilidad para reconocer que ella misma era la principal causante de su aislamiento a principios de siglo XX. Sin embargo, es conveniente que no le ocurra lo mismo a países como Grecia, Irlanda, Portugal, España o Italia para afrontar la recuperación de una crisis con políticas económicas que deben miran al bien común, por encima del particular.

En cualquier caso, la exigencia del cumplimiento de los compromisos no puede conducir a una justicia descarnada. Deben evitarse situaciones como la que sufrió Alemania tras la Primera Guerra Mundial, con unas indemnizaciones desmedidas, además de poco realistas, y que prepararían el camino a la Segunda Guerra Mundial. De nuevo serán necesarios a escala mundial los valores presentes en la gestación de la Unión Europea: la concordia, el entendimiento mutuo, la subordinación del bien de cada país al supranacional, el perdón…

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