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Con un pan debajo del brazoMacroeconomía novelada

Soy español, pero mi voto sería más útil en Alemania.

Integracion-política-2.jpg¿Cuántas personas de nuestro entorno social estarían dispuestas a admitir un Gobierno de su país constituido mayoritariamente por extranjeros? Dejando aparte que no sería la primera vez en la historia de muchos países, lo que está claro es que actualmente existen situaciones que manifiestan la necesidad de avanzar en la integración internacional. En “El I+D+I no es la panacea.” vimos cómo este factor iba a ser esencial para el bienestar futuro de la humanidad. En “El cambio de mentalidad que exige un mundo integrado” enumeré los importantes pasos alcanzados en el logro de una mayor integración económica, como también los retos a los que nos enfrentamos para su completa consecución. Ahora veremos como la integración internacional no es sólo una cuestión comercial, monetaria o fiscal…

Extracto adaptado de «Con un pan debajo del brazo» – Macroeconomía novelada (A la venta en este blog)

Ni si quiera en la Unión Europea existe un poder ejecutivo. La aceptación de la delegación del poder en un presidente extranjero es algo que muy pocos están dispuestos a consentir. Pero la realidad es que los ciudadanos de infinidad de países ven como las decisiones que toman dirigentes de otras zonas del planeta determinan su bienestar a veces de forma más determinante que sus propios mandatarios. Los españoles ven como las directrices en política económica son marcadas, muchas veces por franceses y alemanes a los que nunca tuvieron ocasión de votar. Los alemanes podrían decir algo similar de los estadounidenses, como también los japoneses, mejicanos, etc… Detrás de esta situación subyace la realidad de un mundo mucho más avanzado en la globalización económica que en la política. Esta divergencia es un problema a resolver y una causa potencial de conflictos.

Hay muchos aspectos necesarios para que pueda producirse una verdadera integración. Uno de los más evidentes es la gestión de la inclinación que siempre ha existido, y seguramente siempre existirá, de los países poderosos de hacer prevalecer sus criterios en el orden internacional.

Pero quizás todavía más importante es la aceptación por parte de todos de unos principios fundamentales. Los ciudadanos de países democráticos podrán renunciar a tener su propia moneda, a tener autonomía fiscal, podrán abrir sus fronteras al libre movimiento de personas, bienes y capitales, pero a lo que nunca renunciarán es a su libertad. Existen derechos que constituyen el alma de las sociedades democráticas y que determinan el marco en el que conviven sus ciudadanos. La vida sin estos principios resulta sencillamente inconcebible. Es el caso, por ejemplo, del derecho a la propiedad privada, de la libertad de vivir donde uno quiera, del libre mercado de trabajo y de bienes, de la libertad de enseñanza, de la libertad religiosa, de la libre asociación política y sindical, de la libertad de expresión…La cesión de autonomía a organismos supranacionales solamente será posible cuando exista un marco legal internacional que asegure estas libertades fundamentales de las personas y la consideración de los derechos de cada región. Esta es una de las principales razones por la cual la integración política global hoy es una quimera.

A pesar de que la Unión Europea no cuenta con una Constitución aceptada por todos sus miembros, sí existen otros tratados similares y sobretodo un reconocimiento por todos los Estados de estos principios fundamentales. Además su aceptación es una condición básica que debe cumplir un país para ser miembro de ella. Esta realidad posibilita que en Europa se empiece a comentar como una necesidad la unión política, por lejana que parezca su logro, mientras que en el mundo hoy se ve como un imposible. La integración global quizás sea una utopía. ¿Pero no lo fue también la inclusión en la Unión Europea de países como Polonia, Rumanía, Bulgaria y tantos otros, que en 1985 negaban todos los derechos arriba mencionados? Veinticinco años después cumplían las condiciones necesarias para formar parte de ella. ¿O no lo hubiera sido el ordenamiento político de la Primera Republica Francesa para Luis XIV? ¿O para Clemenceau la creación de la Unión Europea y la consecuente integración de Francia y Alemania? Sin embargo, esto fue posible a pesar de que pocos años antes en Alemania existía un régimen totalitario que negaba gran parte de los principios nombrados. Además fue necesario superar la barrera aparentemente infranqueable de los odios tras el enfrentamiento en dos guerras mundiales que causaron a 8 millones de bajas alemanas y 2.5 millones francesas. En la andadura hacia una mayor cohesión, ojala no sean necesarios procesos tan dolorosos como lo fueron la Revolución Francesa y la Segunda Guerra Mundial.

La construcción de un mundo integrado en lo económico, y no digamos ya en lo político, será difícil de conseguir sin la colaboración de la educación. En ambos casos se ve como necesario un cambio en las formas de pensar, en las culturas y en los sentimientos. Además del consenso sobre los derechos fundamentales de las personas, la integración requeriría una transformación de las mentalidades desde concepciones nacionales a internacionales. En definitiva, una toma de conciencia de la conveniencia de un mundo cohesionado con las ventajas y también sacrificios que conlleva.

Extracto adaptado de “Con un pan debajo del brazo” – Macroeconomía novelada

Próximamente a la venta en este blog.

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Libro Con un pan debajo del brazo