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Con un pan debajo del brazoMacroeconomía novelada

El comienzo de “Con un pan debajo del brazo”

Calor. A finales de junio y a las cinco de la tarde la ciudad era insoportable. José caminaba sudoroso por la calle llena de ruidos, bocinas y sirenas de policía. Había acudido a la entrevista de trabajo con la amargura que se había asentado en su interior desde hacía meses, y salía con una pequeña esperanza que no se atrevía a alentar. Al principio acostumbraba a comentar con sus amigos y conocidos las oportunidades que se le presentaban, pero el cúmulo de decepciones hizo que poco a poco fuera volviéndose más reservado.

Hubo buenos tiempos para José. El lanzamiento de su academia de inglés, pocos años después de acabar la universidad, fue uno de los más emocionantes de su vida. Vivió la trepidación de todo empresario que comienza, convencido de un porvenir prometedor y de éxitos a conseguir. José estuvo de moda. Él y su negocio fueron motivo de conversación y de envidia entre sus conocidos y amigos; aplaudido y felicitado por muchos de ellos. En cuestión de dos años el cambio fue dramático. Lo que en su día fue un sueño hecho realidad que exigía una dedicación apasionada y extenuante, se convirtió en una pesadilla insoportable sin apenas actividad. Y aquello que le permitió llevar una vida muy desahogada y claramente por encima de la mayoría de sus compañeros de universidad pasó a ser una ruina. Pero ese pasado de pocos años atrás lo veía ya sin frustración. Hacía tiempo que había superado la decepción y la amargura no provenía del fracaso social y económico, sino del vacío del que no tiene nada que hacer, desea estar activo, pero tiene muy poca esperanza de conseguirlo.

Poco a poco las relaciones sociales habían ido distanciándose. El trato con sus amigos ya no era de igual a igual. El que más o el que menos tenía un trabajo, unas relaciones laborales, una actividad y unos ingresos. Por otro lado, su economía había ido restringiendo sus relaciones al trato con su mujer.

Al sol la temperatura era insoportable. Cruzó la calle en la que vivía su padre. Hacía casi un año que no lo veía y desde entonces tan solo había recibido un mensaje de compromiso felicitándolo por su cumpleaños. Recordó los tiempos en que vivía su madre. Fueron años felices. Aunque José siempre estuvo más unido a ella que a su padre, su relación con él llegó a ser, en algunas épocas, hasta buena.

José no tenía nada que hacer. Su padre al fin y al cabo era un jubilado sin actividad y con todavía menos relaciones. Si los obstáculos que los separaban no habían desaparecido, ahora ya no eran tan desproporcionados en relación a los que se habían levantado con otras personas tras su fracaso con la academia. Se paró en la esquina de la calle y dudó unos segundos, por fin se encaminó hacia el número tres.

Llamó al timbre y sonaron pasos detrás de la puerta.

—José —dijo Santiago sorprendido de la visita.

José miro a su padre. A sus sesenta y cinco años seguía en buena forma, sin sobrepeso y con el pelo frondoso, que en la penumbra se veía menos cano.

—Hola —respondió José, y tras un largo silencio continuó—. He tenido una entrevista cerca de aquí y he decidido acercarme a verte.

—Pasa, pasa —dijo Santiago, que se había quedado parado junto a la puerta.

Al entrar, el amplio salón estaba sin apenas luz. En verano, su padre mantenía las persianas casi bajadas, y aunque tenía aire acondicionado, acostumbraba a no utilizarlo para ahorrar. Los muebles estaban limpios, los mismos cuadros, el retrato de su madre en el mismo lugar de la estantería…

Los dos guardaban en su interior el motivo de su distanciamiento, y aunque el tiempo había curado las heridas, también había logrado enfriar la relación entre padre e hijo. No sabía exactamente por qué estaba allí, ni qué decir.

—¿Quieres un café? —preguntó Santiago mientras cerraba la puerta de la calle.

—Con hielo, por favor —aceptó José con la esperanza de que tomando algo la visita fuera más sencilla.

Ya sentado en el sofá, a José le pareció que tener una conversación iba ser imposible. Mientras esperaba a que su padre volviera de la cocina permaneció observando cómo todo en la habitación se encontraba invariablemente en el mismo orden y en el mismo lugar que años atrás. Los libros de la estantería seguían el mismo orden temático, la caja de madera con las fichas de ajedrez en la misma repisa, el reloj comprado veinte años atrás en un anticuario de Londres en la misma mesa auxiliar. Pensó cruzar cuatro frases triviales, acabarse el café e irse.

—¿De qué tipo de entrevista se trataba?

—Era para responsable del departamento de formación de idiomas de Land FI.

—¿El banco alemán?

—Ese mismo.

—Tiene buena pinta. Desde luego parece un buen sitio.

Transcurridos unos minutos volvió a preguntar Santiago:

—¿Y tu academia de inglés?

José dio un sorbo a su café y se quedó callado. Dio un repaso mental a lo le había sucedido desde que dejó de ver a su padre.

—¿Por qué nunca me enseñaste nada de economía? —habló por fin José ignorando la pregunta.

—Tampoco me lo pediste —dijo Santiago sosegadamente.

José se quedó callado. Recordaba los últimos años que había pasado en aquella casa sin apenas contacto con su padre. Ambos hacían vidas separadas y los únicos momentos en que hablaban era con ocasión de reproches de Santiago hacia su hijo por su forma de vivir y por lo que él juzgaba una carrera académica sin pretensiones.

—Creo que lo único importante de la economía es el paro —dijo José.

—Hay otras cosas importantes…

—Me hubiera venido bien saber algo de economía.

—¿Has venido a que te hable de economía? —preguntó sorprendido Santiago.

—No, pero pensándolo bien es mejor que otros temas —contestó José tratando de evitar que su padre se hiciera demasiadas ilusiones sobre su interés en la disciplina a la que Santiago había dedicado su vida.

—¿Hay algo más importante en la economía que el paro?

—También son importantes las causas de las recesiones y qué hacer para reducir su gravedad y duración, la inflación y la determinación de las medidas para evitar sus causas y efectos, la explicación de por qué los salarios fueron más altos en 1950 que en 1900 y en 2000 que en 1950…

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